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viernes, 12 de noviembre de 2010

Atardecer en la playa

Me encanta pasear cuando anochece por la playa desierta.
Esa canción melódica de las olas al romper en la arena y el aroma a sal, me relajan.
Estaba en uno de mis paseos serenos y tranquilos cuando vi correr a lo lejos un perro. No era muy grande, color canela.
Seguí caminando y a medida que me acercaba se iba haciendo un poco más denoche.
A unos doscientos metros, el perro se quedó parado mirándome. No parecía tener malas pulgas, así que no me detuve.
De repente aquella voz entre las dunas...
-Bobyyyy
Un hombre joven se levantó mientras le hacía gestos al perro, me quedé mirándole y me detuve.
-No te preocupes-me dijo- no muerde, solo quiere jugar.
Empezó a caminar hacia el perro para tomarlo de la correa.
Por un instante nuestras miradas se cruzaron, sentí un escalofrío.
-¿Te dan miedo los perros?-me preguntó
-No no, no es eso. -Balbuceé.
Aquellos ojos verdes que no dejaban de mirarme, me turbaban. Sentí como me ponía colorada y también como él se daba cuenta.
Quería morirme allí mismo. Uffff no sabía si seguir caminando o decir algo más.
-Mi nombre es Javier- me dijo acercándose a mi mostrandome su mano.
Un latigazo recorrió mi cuerpo cuando mi mano se posó en la suya.
-Laura- dije yo.
Después de las presentaciones de rigor y los primeros minutos violentos en los que no se ni siquiera si dije algo, él se puso a mi lado y empezamos a caminar juntos.
Me contó que estaba de paso, pero que le había fascinado tanto aquel pueblo que no quería marcharse nunca.
Su sonrisa era tan dulce...
Después de media hora de caminata, llegamos al aparcamiento. Su coche estaba cerca del mio.
Cuando pensé que nos despediríamos sin más, me acercó una tarjeta y me dijo que le encantaría que volvieramos a quedar para otro paseo. Incluso que si no tenía planes para cenar le gustaría invitarme.
Me gustaba y no queria parecer ansiosa, pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad, así que le dije que en una hora podíamos quedar en el restaurante del pueblo. Sonrió y me guiñó un ojo en señal de aprobación.
Nos dirigimos a los coches y cuando me volví para verle marchar, vi que el aparcamiento estaba vacio.
Solo un chucho pequeño color canela correteaba por allí.
-Bobyyy- le llamé- pero el perro ni se inmutó.
Que me estaba pasando, ¿aquello no habia sido real?
La tarjeta!! pensé, pero por más que la busqué jamás apareció.
Una hora más tarde, allí estaba yo, esperándole en aquel restaurante.  No sabiendo si vendría o lo había imaginado todo....
La espera se hizo tan larga, que comprendí que todo había sido un sueño con mal final.

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